Visión o propósito

¿Visión o propósito?

Por Daniel Dardano, Daniel Cipolla, Hernán Cipolla
Diciembre 2020

La palabra visión es empleada habitualmente por empresas o instituciones para dar a conocer el objetivo primordial de su labor. Sin embargo, no tiene este significado en la Palabra de Dios. Cuando la Biblia hace referencia a una visión, describe aquello que una persona ve y recibe de parte del Señor a través de sueños, éxtasis u otras manifestaciones del Espíritu.

Debido a que la idea cultural y empresarial de tener una visión propia ha permeado en la Iglesia y se ha arraigado en el seno de la cristiandad, cada iglesia local y ministerio procuran elaborar una visión que los identifique para trabajar en ella.

Al mirar detenidamente las cartas apostólicas no se detectan visiones particulares de cada ministro o iglesia local; es decir, no existían visiones diferentes entre las iglesias de Corinto, de Éfeso o de Colosas. La razón fundamental era que las iglesias, al estar bajo el gobierno y la dirección de apóstoles y profetas, tenían la revelación del plan de Dios, y estaban unificadas para llevarlo a cabo. De manera que no se observa que los apóstoles escribieran sus cartas teniendo que respetar alguna visión particular, sino enseñando todo el consejo de Dios sin distinción. Eso demuestra que, en cierta medida, la práctica de tener una visión particular ha sido una consecuencia de que las funciones apostólicas y proféticas estuvieron ausentes en la mayor parte de la historia de la Iglesia.

El Nuevo Testamento no provee ningún sustento para que cada iglesia local o ministerio posea una visión particular, porque Dios no le dio a la Iglesia una visión, sino un propósito. La palabra propósito describe la intención original para la cual alguien o algo ha sido creado. El propósito divino es el mismo para la Iglesia en todo tiempo y en todo lugar. Ahora descubramos juntos cuál es el propósito de Dios para la Iglesia.

Cuando Jesús les enseñó a sus discípulos a orar: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10), condensó en una sola frase aquello que debe ocurrir sobre la Tierra de forma permanente.
Jesucristo es el Rey del Reino (ver Juan 18:36, Colosenses 1:13), y quien lo mostró en el mundo de manera palpable. Fue Jesús mismo quien durante el ministerio de Juan el Bautista declaró:

“La ley y los profetas eran hasta Juan;
desde entonces el reino de Dios es anunciado,
y todos se esfuerzan por entrar en él”

(Lucas 16:16)

Estas palabras no solo manifiestan que el Reino de los cielos es anunciado, sino también que el propósito de Dios es que los seres humanos entren en él para vivirlo y extenderlo sobre la Tierra.
La importancia del Reino es tan relevante, que el único tema que el Cristo resucitado compartió durante cuarenta días con sus apóstoles fue el Reino de Dios (ver Hechos 1:3). Evidentemente para Jesucristo era fundamental que sus apóstoles recibieran esta enseñanza. ¿Por qué? Porque ellos entrenarían a la Iglesia para cumplir el propósito divino:

Que el Reino de los cielos y la voluntad de Dios
se manifiesten en la Tierra
con la misma potencia que lo hacen en el cielo.

El primer paso para que el Reino se haga evidente en el mundo es que el gobierno absoluto y total de Jesucristo esté sobre quienes han sido hechos hijos de Dios. Cuando una persona se rinde al Espíritu Santo, el gobierno de Cristo se hace real en ella y entonces el Reino de los cielos no tiene impedimentos para hacerse tangible. De la misma manera, el Reino de los cielos se hará palpable sobre la Iglesia cuando todos sus miembros vivan absolutamente gobernados por Jesucristo. Sólo así, la influencia del Reino a través de la Iglesia producirá cambios sustanciales en la sociedad.
Todo lo expresado hasta aquí demuestra que la Iglesia es el instrumento de Dios para continuar con el desarrollo del propósito que Jesucristo inició cuando vino al mundo. Por lo tanto:

Que el Reino de Dios sea expresado a través de la Iglesia
es el propósito revelado por el Señor en las Escrituras
y no un deseo de la voluntad humana.

Somos plenamente conscientes de que el diablo “… opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2b), que “… el mundo entero está bajo el maligno” (1ª Juan 5:19b), y que “… En los últimos tiempos habrá gente burlona, que vivirá de acuerdo con sus malos deseos” (Judas 1:18b). Por lo tanto, al hablar de que el Reino de Dios produzca cambios sustanciales, no nos estamos refiriendo a cambios absolutos y totales que erradiquen las tinieblas y sus obras.

No obstante, el cuadro negativo que acabamos de presentar, no tiene el poder de anular lo que ha sido hecho por el Señor en aquellos que estamos en Cristo, y hemos sido rescatados “… de este mundo malvado…” (Gálatas 1:4b), porque “… mayor es el que está en ustedes que el que está en el mundo” (1ª Juan 4:4b) y “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios… el maligno no lo toca”(1ª Juan 5:18).

Con fundamento en estas verdades de la Palabra, afirmamos de manera categórica que el propósito original de Dios sigue vigente, y que la encomienda dada a la Iglesia de manifestar el Reino de Dios en el mundo debe continuar hasta la segunda venida de Jesucristo por los suyos.

Siendo conscientes de que el propósito del Señor para toda su Iglesia es el mismo, es entendible que surjan diferencias en las formas prácticas de llevarlo a cabo. Cada iglesia local está en una comunidad específica con necesidades propias y afectaciones particulares, que provocan que la tarea de extender el Reino no pueda ser igual en sus formas. Aun así, se debe respetar un denominador común: que la guía del Espíritu Santo sea la base de todo lo que se realice.

Haremos una reflexión sobre el ministerio del apóstol Pablo que nos servirá de ejemplo. Cuando él hizo su defensa ante el rey Agripa, expresó: “… no fui rebelde a la visión celestial” (Hechos 26:19b). Con estas palabas, el apóstol se refirió al momento en el que el Señor lo llamó y le encomendó el ministerio. Es obvio que no estaba hablando de una visión o deseo particular de su corazón, sino de una revelación que recibió a través de una visión celestial por la cual conoció el propósito de su vida. A partir de ese momento, realizó su labor apostólica siendo guiado siempre por el Espíritu Santo. Ahora bien, Pablo habría estorbado y abortado su encomienda divina si al realizarla mezclaba sus intereses, deseos o motivaciones personales. Por ejemplo, él podría haber pensado que sería más efectivo si plantaba una iglesia en una ciudad importante, en la que funcionara como el pastor. De esta manera, por medio de la exposición de la enseñanza revelada y los milagros extraordinarios que el Señor hacía por su mano, las personas llegarían de todas partes a recibir su ministración. Esta forma de pensar, que en el presente suena muy normal y agradable, para el apóstol hubiera significado hacer las cosas bajo sus propios criterios, y ajeno al propósito que el Señor le había encomendado.

Después de todo lo explicado acerca del propósito divino con la Iglesia, es necesario ampliar algunos conceptos relacionados. Al hablar de que la Iglesia de Jesucristo exprese el Reino de Dios, hacemos referencia a:
  • El reconocimiento y la sujeción del cuerpo de Cristo a los cinco ministerios que Jesucristo constituyó, para que sus miembros sean entrenados y capacitados como el Señor lo planeó, edificándose mutuamente (ver Efesios 4:11-12, Hechos 9:31, 1ª Tesalonicenses 5:11, 1ª Pedro 2:5).
  • Que el Reino de Dios, invisible y espiritual, se haga visible y práctico por medio de la Iglesia (ver Mateo 6:10).
  • Que cada hijo de Dios, y la Iglesia misma, son portadores del Reino de Dios y su gobierno, de lo que se deduce que donde está la Iglesia, está el Reino de Dios manifestado (ver Lucas 12:32, 1ª Tesalonicenses 1:4-10).
  • La presencia de la Iglesia en cada estrato de la sociedad, ejerciendo una influencia de autoridad espiritual que provoque cambios sustanciales (ver Hechos 13:6-12; 16:16-18, 25-34; 28:7-10).
  • Un testimonio poderoso de cada cristiano al expresar y anunciar el Reino de Dios y su evangelio a través de su vida y sus palabras con señales, prodigios y milagros (ver 1ª Corintios 2:3-5; 4:20, Romanos 15:18-19).
  • La predicación del Reino de Dios en su pureza original, libre de toda contaminación de pensamiento, cultura y adaptaciones doctrinales, provenientes de las diversas corrientes de interpretación teológica (ver Gálatas 1:6-8, 2ª Tesalonicenses 2:15, 1ª Timoteo 1:3, 2ª Juan 9-10).
De acuerdo con todo lo que ha sido referido, la expresión del Reino de Dios en el mundo a través de la Iglesia:
  • No es el ejercicio de un dominio material y político en el gobierno de las naciones (ver Juan 18:36).
  • No es la erradicación total de la maldad, la corrupción y la práctica del pecado en el mundo entero (ver Mateo 24:4-12, 2ª Timoteo 3:1-9).
  • No es el establecimiento del Reino de manera absoluta y global en la era presente, porque para que eso ocurra es necesario que Cristo arrebate a su Iglesia para reunirse con Él en las nubes, y posteriormente en su segunda venida, regresar con todos sus santos para establecer su Reino absoluto y visible en la Tierra por mil años (ver 1ª Tesalonicenses 4:15-17, Apocalipsis 20:4-6).