¿Cómo gobierna Cristo a su Iglesia?

¿Cómo gobierna Cristo a su Iglesia?

Características de un Ministerio Apostólico Profético

¿Cómo gobierna Cristo
a su Iglesia?

Por Daniel Dardano, Daniel Cipolla, Hernán Cipolla
Diciembre 2020

«Por muchos años y diversas razones existió una idea equivocada de que los ministerios apostólicos y proféticos habían cesado en la Iglesia. Por lo tanto, aunque la Iglesia sintió estar plenamente capacitada, su esencia fue afectada y, como consecuencia, su autoridad espiritual fue limitada y su influencia en el mundo se debilitó. Esta realidad se podría comparar con una persona que considera que su mano está completa, aunque solo tenga tres dedos.

Mientras que una gran parte de la Iglesia sostenía la creencia infundada de que apóstoles y profetas ya no existen, se comenzaron a producir otros resultados nefastos que se extienden a nuestro presente. La Iglesia de Jesucristo sigue siendo víctima de un gran sectarismo debido a posturas e ideas teológicas diversas y opuestas entre sí. Esto provoca que ella esté dividida en sectores tan variados, que no puede conducirse y manifestarse como un solo cuerpo, el de Cristo. Esta realidad es contraria a la voluntad de Jesús expresada en su oración al Padre, cuando le rogó:

“… para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti,
que también ellos sean uno en nosotros;
para que el mundo crea que tú me enviaste”
(Juan 17:21)»

«No cabe duda de que una Iglesia dividida es un factor clave para que el mundo se resista a creer en Jesucristo como Salvador y Señor. Es necesario entender que Jesucristo creó a la Iglesia como un organismo espiritual indivisible, y no como una organización religiosa. Cuando la Iglesia comenzó a ser fragmentada, decayó su efectividad en la Tierra.

Por otra parte, quienes impulsaron cada una de las corrientes teológicas que dividieron a la Iglesia, crearon organizaciones, instituciones y denominaciones para agrupar a creyentes con las mismas creencias y formas de culto. Este error, producto de la invención humana, trajo al menos dos consecuencias graves sobre la Iglesia de Jesucristo. La primera es que el mundo no pueda ver a la Iglesia como una sola, sino como muchas iglesias distintas, cada una con su propia creencia, doctrina y práctica eclesiástica. La segunda es que los directivos de cada organización no solamente se encargan de los asuntos legales y administrativos, sino que además ejercen el gobierno espiritual sobre el sector de la Iglesia que ellos representan. Esta manera de operar no tiene fundamento en la enseñanza establecida por la Palabra de Dios. Por lo tanto, la estructura de gobierno implementada sobre la Iglesia no sólo es un plan humano, sino que ha reemplazado al gobierno diseñado por Dios.
Las Escrituras demuestran que:

Dios no dejó el gobierno espiritual de la Iglesia librado al criterio humano.

Jesucristo es la cabeza de la Iglesia, y por ende quien ejerce el gobierno espiritual sobre ella. A través de Efesios 4:11 se demuestra que Jesucristo delegó la unción de dirigir a su Iglesia a cinco ministerios que Él constituyó: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

Esta es la estructura de gobierno espiritual que Cristo diseñó para su Iglesia. Por esta base escritural se comprende entonces que tener un cargo directivo en una organización cristiana no es sinónimo de tener la autoridad delegada por Cristo para ejercer gobierno espiritual sobre la Iglesia. Si bien las leyes de un país pueden establecer como requisito que una organización cristiana le dé legalidad a una iglesia, eso no significa que las Escrituras establezcan que deben crearse
organizaciones cristianas con la finalidad de dirigir espiritualmente a la Iglesia.»

«En cambio, aquello que se expresa con toda claridad es la necesidad de que los cinco ministerios funcionen plenamente en la Iglesia para brindarle dirección espiritual.

Por otra parte, ningún creyente se imaginaría una iglesia local sin pastores; toda iglesia debe tener sus pastores. Tal vez, también se piense que es normal que haya algún maestro en la iglesia y, en el último de los casos, podría anhelarse la tarea de algún evangelista. Pero la cristiandad, en su generalidad, no piensa que deba haber apóstoles y profetas en la Iglesia. No es normal esa idea. Esto nos hace ver que si bien el Señor planeó un equipo de cinco ministerios para conducir a la Iglesia, los creyentes se han acostumbrado a ser ministrados por un equipo con un máximo de tres. Vuelve a ser como el ejemplo de la mano con tres dedos.

En el ámbito natural se accede a los cargos según la capacidad y la preparación, pero en la Iglesia no existen cargos sino funciones. Por tal razón, estar habilitado para conducir a la Iglesia no se origina en lo humano, y no depende de las capacidades naturales o adquiridas de una persona, sino que su origen es espiritual, y responde a una delegación directa de Jesucristo, quien capacita sobrenaturalmente a quienes Él escoge para desarrollar alguna de las cinco funciones ministeriales que Él estableció.

La lectura de Efesios 4:12 nos permite comprender la finalidad por la cual Jesucristo constituyó a estos cinco ministerios para trabajar con la Iglesia:

“… perfeccionar a los santos para la obra del ministerio,
para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Llevar a cabo esta labor implica que los cinco ministerios han recibido del Señor una autoridad específica para presidir y conducir a la Iglesia con sabiduría espiritual, guiados por el Espíritu Santo. Sin duda, ellos han sido llamados y establecidos por Cristo para hacer un trabajo que a nadie más se le pidió realizar. De alguna manera se puede decir que el trabajo de los cinco, y en conjunto, es insustituible, porque así la Iglesia es preparada, capacitada, entrenada y calificada para hacer su trabajo de servicio según el diseño de Cristo. Quiere decir entonces que Cristo, como cabeza, es representado por los
cinco ministerios para ejercer su gobierno espiritual sobre la Iglesia.»

Características de un ministerio apostólico y profético – Parte 2

Características de un ministerio apostólico y profético – Parte 2

Características de un Ministerio Apostólico Profético

Características de un ministerio apostólico y profético – Parte 2

Por Daniel Dardano, Daniel Cipolla, Hernán Cipolla
Diciembre 2020

  1. La Palabra de Dios enseña que el gobierno espiritual sobre la Iglesia es ejercido por los cinco ministerios. El Señor le ha delegado a cada uno de ellos una autoridad específica que los hace competentes en su función. Esa autoridad particular es la que determina el ámbito en el que se pueden desenvolver.

Cuando Dios diseñó su gobierno, determinó una pluralidad de personas que conforman un equipo. Es decir que representar al gobierno divino es tarea de equipo. Algunos ejemplos de las Escrituras sirven para clarificar la idea de Dios del trabajo en equipo:

  • Jesús designó a doce de sus discípulos por dirección divina, para que estuviesen con Él, y fueran parte de su equipo (ver Marcos 3:13-15).
  • Jesús envió a sus discípulos a predicar el Reino de Dios en equipo, de dos en dos (ver Marcos 6:7, Lucas 10:1).
  • En momentos cruciales de su vida, Jesús llamó a tres de sus discípulos para que estuviesen con Él (ver Mateo 17:1-2; 26:36-38).
  • Después de Pentecostés se observa a los apóstoles trabajando en equipo (ver Hechos 3:1, 4; 15:1-2, 6-7, 13).
  • El primer envío apostólico en la iglesia de Antioquia fue hecho por un equipo de profetas y maestros, quienes confirmaron a Bernabé y a Saulo como equipo apostólico designado por el Espíritu Santo (ver Hechos 13:1-3).
  • El apóstol Pablo siempre desarrolló el ministerio en equipo, junto con Bernabé, Lucas, Judas, Silas, Timoteo, Tito y otros (ver Hechos 15:30-35, 40; 16:25; 17:14; 18:5, 2ª Corintios 1:19, 1ª Tesalonicenses 1:1).
  • La Palabra enseña que la dirección espiritual de las iglesias locales es responsabilidad de un conjunto de ancianos y no de una sola persona (ver Hechos 20:17, Tito 1:5, Santiago 5:14, 1ª Pedro 5:1).
En los casos mencionados arriba se hace evidente que las personas que integraron cada equipo ministerial fueron designadas por dirección y guía del Espíritu Santo. Los cristianos demuestran ser hijos de Dios cuando son guiados por el Espíritu Santo (ver Romanos 8:14). Este es un principio que debe ser aplicado por cualquier hijo de Dios en todas las áreas de su vida; mucho más aún en la formación de equipos ministeriales. Siempre que se respete a Jesucristo como el Señor de su Iglesia, entonces se cumplirá este principio espiritual y todo aquello que provenga de los criterios humanos quedará automáticamente desechado.
  1. Como parte de su labor ministerial, los apóstoles y profetas tienen la doble función de establecer y cubrir espiritualmente a los ministros llamados a ejercer alguno de los cinco ministerios, y a las iglesias en las cuales ellos desarrollan su labor. La Palabra provee un sólido fundamento por el cual se afirma que apóstoles y profetas ejercen una autoridad que abarca tanto a los ministros como a las iglesias:
  • Con relación a los ministros:
    • Un ministerio apostólico y profético posee la autoridad de confirmar y establecer en sus funciones ministeriales a las personas que el Espíritu Santo haya designado previamente (ver Hechos 20:28).
    • Fundamenta a los ministros en la sana doctrina apostólica, y los preserva de toda doctrina errónea (ver Hechos 20:26-31, 1ª Timoteo 1:3-11; 4:16; 6:13-14, 20-21, 2ª Timoteo 2:15-18; 4:2-5, Tito 1:9).
    • Reprender a los ancianos que persisten en su pecado y corregir a aquellos que se desvían de la sana doctrina (ver 1ª Timoteo 5:19-20, Tito 1:7a, 9, 13).
  • Con relación a las iglesias:
    En la tarea de Pablo y el equipo del cual formaba parte, se pueden observar algunas funciones prácticas de la autoridad apostólica y profética en las iglesias locales:

      • Plantar y fundamentar iglesias (ver 1ª Corintios 3:6, 10, Efesios 2:20).
      • Constituir y establecer ancianos en cada iglesia local (ver Hechos 14:23, Tito 1:5).
      • Estructurar y organizar a las iglesias, enseñando fielmente la doctrina apostólica, y dando diversas órdenes precisas que les permitan crecer sólidamente afirmadas en la verdad (ver Hechos 16:4-5, 1ª Corintios 4:17; 7:17b; 14:26-33, 40, 2ª Juan 9-11).
      • Confirmar e impartir dones espirituales y ministeriales (ver Romanos 1:11-12, 2ª Timoteo 1:6).
      • Cuidar que las iglesias se mantengan fieles al verdadero evangelio (ver Gálatas 1:6-8).
      • Procurar la pureza moral en las iglesias (ver 1ª Corintios 5:1-7).
      • Proteger a las iglesias de toda doctrina errónea y herejías (ver Romanos 16:17, Efesios 4:14, Colosenses 2:8).
      • Corregir lo deficiente (ver Tito 1:5).
      • Trabajar con la finalidad de que Cristo sea formado en los santos (ver Gálatas 4:19).

En resumen:
Con base en todo lo analizado
queda demostrado que la autoridad espiritual
de apóstoles y profetas
siempre es ejercida hacia los ministros
y las iglesias locales.

Características de un ministerio apostólico y profético – Parte 2

Características de un ministerio apostólico y profético – Parte 1

Características de un Ministerio Apostólico Profético

Características de un ministerio apostólico y profético – Parte 1

Por Daniel Dardano, Daniel Cipolla, Hernán Cipolla
Diciembre 2020

  1. Para poder profundizar en diversas características inherentes a un ministerio apostólico y profético, primero es preciso comprender la unidad que conforman estos dos oficios ministeriales. A continuación se detallan algunos aspectos fundamentales de esta unidad:
  • a. Los apóstoles y profetas son designados por Dios como «primeros y segundos» en el ejercicio de la autoridad que el Señor les concedió dentro de la Iglesia (ver 1ª Corintios 12:28).

  • b.Este mismo orden ministerial es reafirmado por el Espíritu Santo en Efesios 4:11 cuando se hace mención de los cinco ministerios.

  • c. Jesús mismo estableció que los ministerios apostólicos y proféticos forman una «unidad ministerial indivisible», porque al referirse a ellos siempre los mencionó de manera conjunta. Una de estas menciones se encuentra en Lucas 11:49:

    “Por eso la sabiduría de Dios también dijo:
    Les enviaré profetas y apóstoles; 
    y de ellos, a unos matarán, y a otros perseguirán” (énfasis añadido).


    El contexto en que Jesús dijo estas palabras, alude a un hecho histórico y al juicio sobre Jerusalén ocurrido algunos años más tarde (ver 2º Crónicas 24:19-22, Mateo 23:34-37). Pero lo más destacable es la utilización del término apóstoles, ya que éstos, en el Antiguo Testamento, no estaban establecidos como oficio ministerial. Es posible observar entonces que Jesús profetizó lo que Dios habló en su sabiduría, para referirse a los apóstoles y profetas que Él mismo constituiría.
2. Cada uno de los cinco ministerios posee características únicas, particulares e irremplazables, propias de sus oficios. En lo que concierne a apóstoles y profetas, una de sus labores primordiales es poner el fundamento de Jesucristo y su doctrina en la Iglesia (ver Efesios 2:20).

Los profetas y apóstoles antiguos recibieron la encomienda insustituible de escribir la revelación divina, la cual contiene el fundamento doctrinal de la Iglesia, al que no se le debe añadir ni quitar (ver Deuteronomio 4:2, Apocalipsis 22:18-19). Lo que hoy conocemos como la Biblia, condensa la revelación del fundamento que ya está puesto, el cual es Jesucristo. Si bien es cierto, los profetas y apóstoles antiguos pusieron por escrito lo que Dios les reveló, los apóstoles y profetas en la actualidad tienen la facultad de impartir a la Iglesia una fresca revelación de aquella verdad original contenida en la doctrina de los apóstoles. Con esta gracia sobrenatural, ellos pueden estructurar y darle dirección a la Iglesia. Por esta razón, es que la Escritura hace énfasis en establecerlos como «primeros y segundos», lo cual confirma que apóstoles y profetas forman una «unidad ministerial indivisible» destinada a que la Iglesia retome su diseño, identidad, y posición apropiados.

Sabiendo que Cristo es la Cabeza de la Iglesia y Él la edifica, los apóstoles y profetas son obreros o «albañiles» que siguen las instrucciones del Señor, ya que no están autorizados a trabajar según sus criterios personales.

3. Habiendo comprobado que apóstoles y profetas son «primeros y segundos», a ellos se les ha concedido una mayor autoridad espiritual para servir al Cuerpo de Cristo. Es necesario destacar a continuación algunas de las características que distinguen a la autoridad apostólica y profética:

  • a. Paternidad espiritual: Es común llamar “padre espiritual” al cristiano que conduce a una persona a entregarse a Cristo. Pero esta idea no sólo es errónea sino que está totalmente alejada de la verdadera paternidad espiritual que la Palabra revela. La enseñanza del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento, atribuye la paternidad espiritual a la unción apostólica y profética, porque tiene la capacidad sobrenatural de engendrar hijos espirituales. Puede ser ejercida a nivel personal, como en el caso de Pablo con Timoteo y Tito (ver 1ª Timoteo 1:2, 18, 2ª Timoteo 2:1, Tito 1:4), pero toma una mayor relevancia cuando se aplica a la Iglesia. Históricamente, el Cuerpo de Cristo tuvo muchos “tutores” que lo educaron; sin embargo la unción apostólica y profética es la única que puede brindarle verdadera paternidad espiritual porque le imparte su genética y esencia (ver 1ª Corintios 4:14-15, 1ª Tesalonicenses 2:11).


  • b. Cuidado y protección: Como resultado del amor paternal del Señor derramado en sus corazones, los apóstoles y profetas desarrollan estas cualidades entregándose por completo a favor de la Iglesia. Por esta acción, el Cuerpo de Cristo es alimentado, resguardado, cubierto, formado, e impulsado  a alcanzar la plenitud de su propósito (ver 2ª Corintios 11:28; 12:14-15, Gálatas 4:19, 1ª Tesalonicenses 2:7-8).


  • c. Doctrina apostólica: Por su discernimiento y entendimiento sobre el fundamento de la Iglesia, el cual es Jesucristo, los apóstoles y profetas establecen la doctrina esencialmente apostólica, para que la vida de la Iglesia se desarrolle en la verdad de Dios y no en doctrinas de hombres (ver Hechos 2:42, 2ª Tesalonicenses 2:15, Tito 1:9).


  • d. Dirección y Orden: La autoridad apostólica y profética brinda la dirección adecuada a la Iglesia según la perspectiva divina, la cual produce orden en todas las áreas en donde ella se desempeña. De esta manera, la Iglesia representa a Jesucristo ante el mundo y se transforma en el modelo del Reino de los cielos en la tierra (ver Hechos 2:46-47, 1ª Corintios 11:34; 14:26-40, Tito 1:5).


  • e. Alcance de su autoridad espiritual: La autoridad espiritual delegada por Jesucristo a apóstoles y profetas, es ejercida sobre los ministros llamados a desempeñar alguno de los dones ministeriales, y sobre las iglesias locales. La Palabra provee un fundamento demostrable para afirmar que el ejercicio de esta autoridad espiritual es de «doble alcance» (ver Hechos 15:36; 20:17, 27-32, Filipenses 1:1, 1ª Tesalonicenses 2:10-12). Entendiendo que esta autoridad es esencialmente paternal, la relación de apóstoles y profetas con los otros ministros y las iglesias locales es permanente y duradera, lo cual se traduce como una paternidad responsable.

Para completar lo analizado hasta aquí, es válido comparar la autoridad apostólica y profética con la figura de un “paraguas”. Cuando una persona usa un paraguas lo hace para resguardarse de la inclemencia del tiempo, porque le brinda protección. De igual modo, la autoridad apostólica y profética se podría asemejar a un paraguas que da cobijo, seguridad, estabilidad y al mismo tiempo determina el ámbito en el cual una persona puede desenvolverse con seguridad. En Mateo 23:37, se registran las palabras de Jesús hacia Jerusalén, expresando su deseo de proteger a Israel. Para describirlo utilizó la figura de una gallina que junta a sus polluelos debajo de sus alas. Hay un énfasis notable en sus palabras ya que comienza recriminando a Jerusalén por haber matado a los profetas y enviados (apóstoles). Esta reprensión hace evidente que la manera planeada por el Señor para ofrecer esa protección era a través de ellos. Un ejemplo palpable de esta protección se registra en Oseas 12:13, al mencionar a Moisés como el profeta que el Señor usó para que Israel fuera guardado o protegido. Cuando Israel rechazó a los profetas y enviados, estaba rechazando a Dios, quien quería ampararlos, librarlos, preservarlos y salvarlos (ver Isaías 30:1; 31:5).
Antes de Jesucristo, solamente Israel era el pueblo de Dios. Después de la obra redentora de Jesús, los redimidos de todo linaje, lengua, pueblo y nación, conforman el Cuerpo de Cristo, y forman parte del pueblo de Dios. Lo más trascendente en lo expresado por Jesús es que reveló lo que está en la mente de Dios desde la antigüedad.

Apóstoles y profetas son los delegados del Señor para brindar su protección.

Es por esta razón que el Señor continúa enviando apóstoles y profetas para resguardar a su Iglesia. Debido a la autoridad emanada de Dios, los apóstoles y profetas están habilitados para cubrir con autoridad e impartir autoridad. Siendo así, la Iglesia, los ministros y los ministerios que se amparan al abrigo de dicha autoridad, adquieren la dimensión que el Señor ha destinado para ellos y pueden implantar el Reino, porque trabajan bajo el gobierno diseñado por Dios.

¿Visión o propósito?

¿Visión o propósito?

Visión o propósito

¿Visión o propósito?

Por Daniel Dardano, Daniel Cipolla, Hernán Cipolla
Diciembre 2020

La palabra visión es empleada habitualmente por empresas o instituciones para dar a conocer el objetivo primordial de su labor. Sin embargo, no tiene este significado en la Palabra de Dios. Cuando la Biblia hace referencia a una visión, describe aquello que una persona ve y recibe de parte del Señor a través de sueños, éxtasis u otras manifestaciones del Espíritu.

Debido a que la idea cultural y empresarial de tener una visión propia ha permeado en la Iglesia y se ha arraigado en el seno de la cristiandad, cada iglesia local y ministerio procuran elaborar una visión que los identifique para trabajar en ella.

Al mirar detenidamente las cartas apostólicas no se detectan visiones particulares de cada ministro o iglesia local; es decir, no existían visiones diferentes entre las iglesias de Corinto, de Éfeso o de Colosas. La razón fundamental era que las iglesias, al estar bajo el gobierno y la dirección de apóstoles y profetas, tenían la revelación del plan de Dios, y estaban unificadas para llevarlo a cabo. De manera que no se observa que los apóstoles escribieran sus cartas teniendo que respetar alguna visión particular, sino enseñando todo el consejo de Dios sin distinción. Eso demuestra que, en cierta medida, la práctica de tener una visión particular ha sido una consecuencia de que las funciones apostólicas y proféticas estuvieron ausentes en la mayor parte de la historia de la Iglesia.

El Nuevo Testamento no provee ningún sustento para que cada iglesia local o ministerio posea una visión particular, porque Dios no le dio a la Iglesia una visión, sino un propósito. La palabra propósito describe la intención original para la cual alguien o algo ha sido creado. El propósito divino es el mismo para la Iglesia en todo tiempo y en todo lugar. Ahora descubramos juntos cuál es el propósito de Dios para la Iglesia.

Cuando Jesús les enseñó a sus discípulos a orar: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10), condensó en una sola frase aquello que debe ocurrir sobre la Tierra de forma permanente.
Jesucristo es el Rey del Reino (ver Juan 18:36, Colosenses 1:13), y quien lo mostró en el mundo de manera palpable. Fue Jesús mismo quien durante el ministerio de Juan el Bautista declaró:

“La ley y los profetas eran hasta Juan;
desde entonces el reino de Dios es anunciado,
y todos se esfuerzan por entrar en él”

(Lucas 16:16)

Estas palabras no solo manifiestan que el Reino de los cielos es anunciado, sino también que el propósito de Dios es que los seres humanos entren en él para vivirlo y extenderlo sobre la Tierra.
La importancia del Reino es tan relevante, que el único tema que el Cristo resucitado compartió durante cuarenta días con sus apóstoles fue el Reino de Dios (ver Hechos 1:3). Evidentemente para Jesucristo era fundamental que sus apóstoles recibieran esta enseñanza. ¿Por qué? Porque ellos entrenarían a la Iglesia para cumplir el propósito divino:

Que el Reino de los cielos y la voluntad de Dios
se manifiesten en la Tierra
con la misma potencia que lo hacen en el cielo.

El primer paso para que el Reino se haga evidente en el mundo es que el gobierno absoluto y total de Jesucristo esté sobre quienes han sido hechos hijos de Dios. Cuando una persona se rinde al Espíritu Santo, el gobierno de Cristo se hace real en ella y entonces el Reino de los cielos no tiene impedimentos para hacerse tangible. De la misma manera, el Reino de los cielos se hará palpable sobre la Iglesia cuando todos sus miembros vivan absolutamente gobernados por Jesucristo. Sólo así, la influencia del Reino a través de la Iglesia producirá cambios sustanciales en la sociedad.
Todo lo expresado hasta aquí demuestra que la Iglesia es el instrumento de Dios para continuar con el desarrollo del propósito que Jesucristo inició cuando vino al mundo. Por lo tanto:

Que el Reino de Dios sea expresado a través de la Iglesia
es el propósito revelado por el Señor en las Escrituras
y no un deseo de la voluntad humana.

Somos plenamente conscientes de que el diablo “… opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2b), que “… el mundo entero está bajo el maligno” (1ª Juan 5:19b), y que “… En los últimos tiempos habrá gente burlona, que vivirá de acuerdo con sus malos deseos” (Judas 1:18b). Por lo tanto, al hablar de que el Reino de Dios produzca cambios sustanciales, no nos estamos refiriendo a cambios absolutos y totales que erradiquen las tinieblas y sus obras.

No obstante, el cuadro negativo que acabamos de presentar, no tiene el poder de anular lo que ha sido hecho por el Señor en aquellos que estamos en Cristo, y hemos sido rescatados “… de este mundo malvado…” (Gálatas 1:4b), porque “… mayor es el que está en ustedes que el que está en el mundo” (1ª Juan 4:4b) y “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios… el maligno no lo toca”(1ª Juan 5:18).

Con fundamento en estas verdades de la Palabra, afirmamos de manera categórica que el propósito original de Dios sigue vigente, y que la encomienda dada a la Iglesia de manifestar el Reino de Dios en el mundo debe continuar hasta la segunda venida de Jesucristo por los suyos.

Siendo conscientes de que el propósito del Señor para toda su Iglesia es el mismo, es entendible que surjan diferencias en las formas prácticas de llevarlo a cabo. Cada iglesia local está en una comunidad específica con necesidades propias y afectaciones particulares, que provocan que la tarea de extender el Reino no pueda ser igual en sus formas. Aun así, se debe respetar un denominador común: que la guía del Espíritu Santo sea la base de todo lo que se realice.

Haremos una reflexión sobre el ministerio del apóstol Pablo que nos servirá de ejemplo. Cuando él hizo su defensa ante el rey Agripa, expresó: “… no fui rebelde a la visión celestial” (Hechos 26:19b). Con estas palabas, el apóstol se refirió al momento en el que el Señor lo llamó y le encomendó el ministerio. Es obvio que no estaba hablando de una visión o deseo particular de su corazón, sino de una revelación que recibió a través de una visión celestial por la cual conoció el propósito de su vida. A partir de ese momento, realizó su labor apostólica siendo guiado siempre por el Espíritu Santo. Ahora bien, Pablo habría estorbado y abortado su encomienda divina si al realizarla mezclaba sus intereses, deseos o motivaciones personales. Por ejemplo, él podría haber pensado que sería más efectivo si plantaba una iglesia en una ciudad importante, en la que funcionara como el pastor. De esta manera, por medio de la exposición de la enseñanza revelada y los milagros extraordinarios que el Señor hacía por su mano, las personas llegarían de todas partes a recibir su ministración. Esta forma de pensar, que en el presente suena muy normal y agradable, para el apóstol hubiera significado hacer las cosas bajo sus propios criterios, y ajeno al propósito que el Señor le había encomendado.

Después de todo lo explicado acerca del propósito divino con la Iglesia, es necesario ampliar algunos conceptos relacionados. Al hablar de que la Iglesia de Jesucristo exprese el Reino de Dios, hacemos referencia a:
  • El reconocimiento y la sujeción del cuerpo de Cristo a los cinco ministerios que Jesucristo constituyó, para que sus miembros sean entrenados y capacitados como el Señor lo planeó, edificándose mutuamente (ver Efesios 4:11-12, Hechos 9:31, 1ª Tesalonicenses 5:11, 1ª Pedro 2:5).
  • Que el Reino de Dios, invisible y espiritual, se haga visible y práctico por medio de la Iglesia (ver Mateo 6:10).
  • Que cada hijo de Dios, y la Iglesia misma, son portadores del Reino de Dios y su gobierno, de lo que se deduce que donde está la Iglesia, está el Reino de Dios manifestado (ver Lucas 12:32, 1ª Tesalonicenses 1:4-10).
  • La presencia de la Iglesia en cada estrato de la sociedad, ejerciendo una influencia de autoridad espiritual que provoque cambios sustanciales (ver Hechos 13:6-12; 16:16-18, 25-34; 28:7-10).
  • Un testimonio poderoso de cada cristiano al expresar y anunciar el Reino de Dios y su evangelio a través de su vida y sus palabras con señales, prodigios y milagros (ver 1ª Corintios 2:3-5; 4:20, Romanos 15:18-19).
  • La predicación del Reino de Dios en su pureza original, libre de toda contaminación de pensamiento, cultura y adaptaciones doctrinales, provenientes de las diversas corrientes de interpretación teológica (ver Gálatas 1:6-8, 2ª Tesalonicenses 2:15, 1ª Timoteo 1:3, 2ª Juan 9-10).
De acuerdo con todo lo que ha sido referido, la expresión del Reino de Dios en el mundo a través de la Iglesia:
  • No es el ejercicio de un dominio material y político en el gobierno de las naciones (ver Juan 18:36).
  • No es la erradicación total de la maldad, la corrupción y la práctica del pecado en el mundo entero (ver Mateo 24:4-12, 2ª Timoteo 3:1-9).
  • No es el establecimiento del Reino de manera absoluta y global en la era presente, porque para que eso ocurra es necesario que Cristo arrebate a su Iglesia para reunirse con Él en las nubes, y posteriormente en su segunda venida, regresar con todos sus santos para establecer su Reino absoluto y visible en la Tierra por mil años (ver 1ª Tesalonicenses 4:15-17, Apocalipsis 20:4-6).